«El extranjero» (casi una road movie) de Gabriel Payares

Este relato se encuentra publicado en el libro Lo irreparable de editorial Corregidor.

El pensamiento de un hombre es,
ante todo, su nostalgia.
Albert  Camus

1.

No sentí nada particular cuando me entregaron las cenizas de Mamá, ningún desgarro en las tripas, ningún alivio culposo. Una sola idea se me hizo presente: el convencimiento de haber sido engañado de alguna manera. Parecía imposible que en esa cajita cupiera su cuerpo completo, su melena gris, sus ojos negros de distinto tamaño, sus huesos puntiagudos que dolían al abrazarla, por no hablar de sus ochenta y tantos años de reproches y frustraciones, de cosas que quiso hacer y jamás se atrevió. Con el tiempo entendí que es una impresión común entre quienes creman a sus familiares, diríase que un efecto secundario de convertir carne, hueso y preocupaciones en un saquito de hojuelas grises como la caspa: la angustia de no saber si se tendrán las cenizas completas, si no habrá quedado un poco de madre, padre o abuelo en el horno, en el camino o en las manos del operario, o peor aún, si no se tendrán los restos de alguna otra persona en la cajita. Total, quién podría distinguir unas de otras. No queda sino confiar en la buena voluntad del cementerio, lo cual a mi modo de ver equivale a esperar por la justicia divina.

M. estuvo a mi lado durante el velorio, tal y como lo hizo desde que Mamá perdió el conocimiento una noche en su casa y no volvió a recuperarlo en los cinco días que tardó en morirse en el hospital. Me sorprendió esa lealtad profunda que es capaz de sostener en el tiempo, a pesar de que Mamá la había odiado prácticamente desde conocerla y de que hacía mucho que acordamos no volver a darnos oportunidades. De otro modo es probable que el funeral nos encontrara atrapados todavía el uno en el otro, inventando nuevos nombres para el desastre de relación que habíamos construido. En el último intento de separación, pues fueron muchos y agotadores a lo largo de casi cuatro años, habíamos estado con otras personas, nos habíamos odiado, extrañado, celado y reconciliado de un modo incontrolable, girando en espiral como los aviones en barrena, hasta que ella decidió irse al extranjero a probar suerte. Estando allá conoció a este tipo, un español que llevaba una revista, o algo así, y con el que no le iba nada mal, por lo visto. Yo traté siempre de alegrarme por ella y mantener las amigables distancias, sin llegar nunca a una trágica separación ni tampoco al alivio de la cercanía. No es asunto sencillo. Cuando se ha estado tanto tiempo con alguien, se confunde lo propio con lo ajeno, lo que se quiere con lo que se siente o se desea. Será por eso que a M. le bastó una mirada en la funeraria para adivinar lo que nos sucedería unos días después. Por qué nunca hizo nada para evitarlo, es algo que algún día me animaré a preguntarle.

     – ¿Y cuál es el plan? –me increpó después de que los últimos familiares y amigos se fueran. Había asistido un grupo numeroso y heterogéneo: colegas de Mamá que hacía años no frecuentaba, compañeras ancianas de sus círculos de lectura, antiguos amigos de la universidad, vecinos del edificio en el que vivía, e incluso mi padre, con quien había estado enguerrillada desde el día mismo de su divorcio, casi treinta años atrás.

– ¿El plan?

– Respecto a tu mamá –hizo un gesto con la boca apuntando al cuadrado de madera entre mis manos.

     – Ah, fue bastante explícita. Se supone que la esparza en los Médanos de Coro.

     – ¿De verdad?, ¿y por qué allí?

– Le gustaban mucho.

– ¿Y cuándo quieres hacerlo?

– No sé, no había pensado en eso. Supongo que lo antes posible.

– Claro. Yo regreso a España el veintiséis y tengo que estar en Caracas por lo menos tres días antes, considerando lo impredecible que es todo. Ya metimos el proyecto y no conviene estar de viaje si lo aprueban, me entiendes. Casi alcanzamos la cifra mínima para empezar a rodar y andamos ansiosos con el tema. No sabes cuánto nos ha costado llegar hasta aquí.

Yo resentí el plural de la oración. La llegada de M. a Venezuela no había sido tan intempestiva como la muerte de Mamá: había venido a introducir una solicitud de financiamiento ante no sé qué institución del Estado, a ver si le daban los dólares para empezar un proyecto documental en España.

– Bueno –me obligué a sonreír–, si es mucho rollo puedo hacerlo yo solo o pedirle a alguien de la familia que me acompañe.

– ¿A quién?, ¿a tu padre?

– No sé. Puede ser.

– ¿Y quieres hacer eso?

– No. Tú sabes cómo nos la llevamos.

– Por eso, ¿no podría ser esta misma semana?

– Yo creo que sí.

– Está bien. Avísame un día antes para preparar mis cosas, ¿okey? –dijo justo antes de estrecharme entre brazos.

Los abrazos de M. merecen explicación detallada. Empiezan en algún lugar de sus hombros, yo diría que casi en el cuello, con un gesto un poco resignado que parece más bien de rechazo. Uno podría confundirse, si sus manos no serpentearan entonces por la espalda, ascendiendo desde la cintura como en busca de una abertura para colarse hacia dentro. Sin darse uno cuenta siquiera, la está apretando fuerte contra el pecho, sin quererla soltar nunca, vestidos con un traje de cierre mágico. Todo con M. era así, bajo asedio, siempre a merced de las huestes de su cariño o los demonios de su desamor. No en balde mi apodo para ella fue siempre La hija de Gengis Khan, sacado del título de una novela que le regalé en su primer cumpleaños conmigo. No sé si llegaría a leérsela. Igual ya no importa demasiado.

Después del velorio pasé horas enteras mirando videos de música en televisión: presionaba el botón de silencio y me centraba en la historia. Todas me parecían más o menos iguales. Eventualmente me vencía el cansancio y entonces soñaba con una sala de esperas, en donde estaba sentada Mamá, de espaldas a mí en la fila de adelante y del otro lado de un vidrio grueso que nos separaba. En algún momento ella trataba de hablarme por encima del hombro, como queriendo disimular el mensaje a pesar de que estábamos solos. Yo respondía haciéndole notar el vidrio, que me impedía entender una palabra, pero ella actuaba como si nada, esperando alguna señal que yo nunca lograba transmitirle. En ese momento estallaba de rabia con ella y me despertaba. Entonces volvía a mirar otro rato el televisor.

Dos días después pasé buscando a M. a primera hora de la mañana. Caracas tenía esa luz dulce y blanca que comienza en enero y lo hace ver todo con aire limpio, sincero, apacible. Puros espejismos. Toqué corneta y M. apareció en la puerta a los pocos minutos, llevando un morralito verde en la espalda y unos lentes de sol redondos, enormes. Mucho más hippie que en mi recuerdo. Mucho más sexy, también.

     – ¿Qué tal? –fue su saludo, después de arrojar su equipaje en el asiento de atrás, junto a un maletín deportivo con mis cosas. Entre ellas el saquito con las cenizas de Mamá, que había envuelto en bolsas plásticas, como un paquete de cocaína. Con la caja de madera no supe nunca qué hacer. La dejé una semana en la sala y la tiré después del viaje por el bajante de la basura.

     – Sólo nos falta poner gasolina –dije–. ¿Ya desayunaste?

     – Claro. Tú sabes que no aguanto sin comer.

     – No me acordaba –mentí y puse el carro en marcha, aprovechando las calles vacías para escapar rápido de la ciudad. Así vivimos aquí, huyendo siempre de algo. Como fugitivos.

2.

Mamá fue reacia a la cremación toda su vida. Le parecía un final indigno, como si fuéramos a quemarla junto a un montón de basura o como a los animales muertos a la orilla de la carretera. Ella había enterrado a sus padres «como Dios manda» y los visitaba una vez al mes, les llevaba flores y se peleaba con la administración del cementerio. Supongo que no esperaba de mí nada parecido. Por eso, cuando surgió, me tomé el tema de los Médanos de Coro como una broma macabra, manipuladora. Mamá solía decir cosas así todo el tiempo, sobre todo cuando quería convencerme de algo: «ya te llegará el día de arrepentirte» o «te acordarás de esto cuando me muera». Yo respondía por lo general con comentarios hirientes, armaba una pataleta y me iba de su casa. Jamás le pedía disculpas. Entonces pasábamos días sin hablar, ninguno queriendo dar su brazo a torcer, hasta que al final ella siempre cedía, se hacía la desentendida y me llamaba para decirme que me había comprado unas latas de atún. Siempre he odiado el atún en lata, pero igual se las aceptaba. Así es como entendíamos el amor.

Algo parecido le ocurrió con M., un primer encuentro le bastó para decidir que no la quería. Yo creo que nunca le dio realmente una oportunidad, ni siquiera porque estuvimos juntos por años y compartimos varias veces mi apartamento. Se contentó con una de sus sentencias: «Esa mujer te va a hacer sufrir». Y sería fácil hoy darle la razón, de no ser porque fui yo quien clavó la primera puñalada. El relato es común, casi siempre lo mismo: todo había sido intenso y fascinante con M., dentro y fuera de la cama, hasta que un día me levanté y supe que me era posible vivir sin ella a mi lado. Así nada más. Y el amor no sobrevive a semejantes revelaciones. Entonces empezó un lento espiral de rupturas, infidelidades y reconciliaciones, cada una más dolorosa que la anterior, como tratando de abrir un paraguas en plena tormenta. Lo raro es que en esos momentos, y no en la calma que les precedió, fue cuando M. y yo nos dimos lo mejor de nosotros mismos, sin cautelas ni arrepentimientos, sin pensarlo mucho ni hacerle caso al psicoanalista: nos amábamos en un accidente de tránsito. Pero jamás pudimos sintonizar de nuevo la frecuencia. Poco después M. ganó una beca para hacer un máster en España y estando allá decidió quedarse a ver qué pasaba. Yo ni siquiera sabía que se había postulado, pero entiendo que alguno tenía que huir de cualquier manera. Después de mucha discusión al respecto, la llevé un viernes por la tarde al aeropuerto y la ayudé con sus maletas, en el fondo queriendo que se largara de una vez. Nos despedimos como si nos fuéramos a ver al día siguiente. Una semana más tarde yo la lloraba inconsolable. Pasé varios años sin verla y sin poder estar realmente con nadie.

– ¿Qué quieres oír? –dijo, escarbando entre los listados de mi iPod. El viento de la carretera le revolvía el cabello y la hacía ver como recién levantada. Eché un ojo rápido al aparato y pasé de sus manos a sus muslos, anchos bajo la tela del short, y más abajo a la enorme espiral tatuada en su pantorrilla derecha. Ya la tenía cuando nos conocimos. Siempre me entusiasmaron aquellas líneas negras en su piel, densas como un dibujo de infancia, de ésos que pasan años en una gaveta y un día aparecen cuando buscamos los papeles del seguro del carro.

– Lo que tú quieras –dije y regresé a la carretera. No hay mucho que ver en la recta que precede a Valencia. Entonces, como andando en puntillas, se metió en el carro la voz confiada de Frank Sinatra: el concierto en Las Vegas, creo, o algo en vivo que empezaba con Fly me to the Moon. Fue M. quien me enseñó a escuchar música en inglés, cuando yo insistía ciegamente en el rock en español: Soda Estéreo, Serú Girán, grupos así. A ambos nos gustaba la salsa. Ninguno la sabía bailar.

– ¿Está bien esto?

– Claro.

– No sabía que todavía lo escuchabas.

– Las cosas buenas se pegan.

– Ja, las malas también.

Sonreí.

– ¿Ya averiguaste si necesitas permisos, o algo así?

– ¿Permisos?

– Para lo de tu mamá.

– Ah, no.

– ¿No necesitas?

– No averigüé.

– ¿Y si no nos dejan hacerlo?

– ¿Quién? ¿La policía de los médanos?

– Qué simpático. No sé, alguien. ¿No hay reglas para esas cosas?

– ¿Reglas?

– Ajá.

– Has pasado demasiado tiempo en Europa.

– Ay, qué tonto –dijo y le subió volumen a Sinatra.   

Nuestra primera parada fue casi a mitad del recorrido para llenar el tanque de gasolina, ir al baño y comer por allí. Con el sol de mediodía hirviendo sobre nuestras cabezas, decidimos probar una venta de comida criolla que tenía en la entrada un afiche enorme y amarillento de Chávez, pegado con teipe sobre un anuncio similar de la extinta Coca-Cola Zero. M. se entusiasmó con la idea de una cachapa con queso, así que ordenamos dos, con dos maltas de botella y nos sentamos en una mesita apartada. El queso era delicioso, pero mi cachapa se había pasado de cocción y estaba carbonizada por debajo. Miré aquella masa agrietada y ennegrecida, tratando de no preguntarme si así se vería la piel humana en el crematorio. No sé de dónde me saqué una idea tan siniestra. Obviamente, se me esfumó el apetito y dejé los cubiertos sobre la mesa con casi la mitad del plato intacto.

– ¿Estás bien?

– Se me revolvió el estómago.

– ¿Por qué, no te gusta?

– Estaba pensando en Mamá.

– ¿Quieres hablar?

– No sé. Sí, creo. Es que no sé qué decir, tú sabes cómo eran las cosas. Nunca la necesité demasiado. Nunca le presté demasiada atención.

– Y ahora la extrañas.

– Algo así. Siento que perdí el chance de conocerla mejor, que pude haberla querido más, no sé. Pendejadas. Parece mentira que no quede nada de la gente que se muere.

– Bueno, quedas tú, quedan tus recuerdos con ella… 

– Sí, y todas sus cosas esperándome en Caracas. No sé cómo voy a salir de un apartamento repleto, porque en los últimos años le dio por acumular, como los locos, cartones, papeles, latas, vainas inservibles. Tanto tiempo criticándoselo, peleando con ella por eso y ahora resulta que si boto todo a la basura…

– Sientes que la estás traicionando. Claro. ¿Y nadie te puede echar una mano?

– Mi padre no lo va a hacer. Y, aunque quisiera, terminaríamos peleando. Mi tía está arruinada y no puede venir de Bogotá. Es una mierda esto de ser hijo único, uno anda todo el tiempo desolado, buscando quien lo cuide o lo acompañe. Y como ahora no salgo con nadie…

– Ya, entiendo.

– No, en serio, es que yo no sé cómo hace la gente, rompen una relación de años y ahí mismo consiguen un remplazo, como si nada les doliera, y después regresan queriendo ser buenos amigos.

M. enarcó una ceja, incrédula ante el zarpazo. Incluso a mí me pareció absurdo estar diciendo algo semejante, supongo que lo tenía atragantado. Pensé en disimular y decirle que no me refería a nosotros, pero nos conocíamos demasiado bien para eso. Así que desvié la mirada, incapaz de pedirle disculpas. Ya lo había hecho demasiado.

– Mira, yo también lamento cómo salieron las cosas entre tú y yo –dijo poniendo los cubiertos sobre el trocito de cachapa que le quedaba. Temí que fuera a levantarse y largarse, no sería la primera vez–. Y también lamento que estés pasando por todo este trago difícil. Pero te estoy tratando de ayudar, ¿no? Yo no tengo la culpa de cómo te sientes y no creo que debas reprocharme que yo…

– Sí, sí, tienes razón, sí –la interrumpí, alzando la voz sin darme cuenta–. Ya sé que la estoy cagando. Pero ahorita no quiero hablar de eso, ¿está bien?

– Ok.

– Gracias.

Ella terminó su plato en silencio y tomó un último y ruidoso sorbo de malta. Yo empecé a sentirme un renacuajo. No volví a probar bocado y al final lo eché todo a la basura. Pagamos, subimos al carro y seguimos nuestro camino.

3.

Una de las cosas buenas de M. es que nunca duraba mucho tiempo molesta. Tampoco es que le hiciera demasiada falta. Podía estar serena y sonriente mientras lo mandaba a uno a la mierda y todavía dejarlo agradecido por el cariño con que lo hizo. Pero creo que le gustaba hablar y el silencio obstinado la castigaba a ella tanto como a los demás. Quizá por eso escuchaba tanta música.

– Estuve pensando… –dijo al rato, rompiendo el hielo con naturalidad–. Ya sé qué es lo que más extraño de acá.

– ¿Extrañas algo de acá?

– Claro, tonto.

– ¿Mucho?

Echó el asiento hacia atrás y apoyó los pies en la ventana. Ese era otro talento suyo: convertir en cama cualquier lugar donde se encontrase.

– No estoy hablando de ti.

– Ah, no, yo tampoco –mentí.

– Bueno.

Una pausa. El sol lo bañaba todo de amarillo.

– ¿No me vas a decir?

– ¿Lo que más extraño de acá?

– Ajá.

– Es difícil de explicar. Creo que es la incertidumbre. ¿Sabes esa sensación de que las cosas están siempre al borde del precipicio?

– Te volviste loca.

– No, en serio. Allá todo es tan estable, tan correcto. Y eso está muy bien, ¿no? Uno se acostumbra rápido a que todo funcione, a la seguridad, a esas cosas…

– Me imagino.

– Pero al final tienes la sensación de que vives en un zoológico. Uno arrechísimo, de esos gringos, ¿cómo se llama ése famoso, de la televisión?

– ¿San Diego?

– Ajá, ése. Y está muy bien, de verdad. Pero tienes todo el tiempo esa idea de que eso es lo que hay para ofrecerte, que ya no hay obstáculos en la vía y entonces empiezas a preguntarte un montón de cosas: si eres de allá o de acá, si de verdad estás lista para quedarte, si quieres envejecer y todas esas cosas irreparables. Yo aquí nunca tenía que pensar en nada de eso.

– ¿Me estás diciendo que extrañas vivir con miedo?

– No seas necio. Estoy hablando de algo profundo. Acá yo era joven todo el tiempo.

– ¿Y allá?

– No sé. Allá tengo que preguntarme cosas.

– ¿Qué tipo de cosas?

– Como si estoy lista para tener hijos.

Silencio incómodo. Largo e incómodo.

– También podrías volver, ¿no? –dije y en seguida me arrepentí. Había sonado mucho más a invitación de lo que quise y de nada valdría explicarme de inmediato: todo lo que dijera estaría a la luz del comentario. Así que suspiré y fijé los ojos en las rayitas blancas de la autopista, rogando que ella tuviera piedad y se hiciera la loca, como si esas palabras no las había pronunciado nadie, tal vez la música o los sonidos del viento. No tuve suerte.

     – Creo que no.

Nadie añadió nada más. Ella tomó el iPod de la guantera y hurgó de nuevo entre las portadas de los discos.

– Voy a cambiar la música. ¿Qué te provoca escuchar?

     – Me da igual –contesté con mal disimulada amargura.

     – Vale –dijo y presionó el botón de reproducción al azar.

La tranca empezó en un giro inesperado de la vía. La gente tenía tanto tiempo detenida que apagaban sus carros y abrían las puertas para estirar las piernas. Un ciempiés metálico que dormía la siesta. El canal contrario estaba totalmente desierto. Cuarenta y cinco minutos en el mismo lugar bastaron para asumir la desesperanza, poner el freno de mano y apagar también el motor, y como hacía demasiado calor para quedarnos adentro, M. sugirió que camináramos un poco. No era mala idea, considerando que los niños corrían a nuestro alrededor, como en aquel cuento de Cortázar. Cerramos, le hice al piloto de atrás una señal y anduvimos por el hombrillo caliente, mirando hacia adentro de los carros como si fueran escaparates de tiendas. M. iba animada, a pesar del solazo y de la fila interminable. Eventualmente nos topamos con un Guardia Nacional que perdía el tiempo en una curva de la carretera, sudando a chorros el uniforme verde oscuro. Tenía la vista fija en la cola, con esa estúpida resignación que acá nos enseñan desde pequeños. En lo particular, odio a los militares, a todos: no creo ni en héroes ni en soldados. M. insistió en preguntar qué pasaba.

– Todavía no hay paso –dijo mirándole las tetas.

– ¿Pero qué es lo que pasa?

– Un rollo ahí, en la refinería.

– ¿Y va a tardar mucho?

– No se sabe.

– ¿Y hay alguna ruta alterna? –intervine.

– No, no sé.

– Ah, bueno.

Volvimos en silencio, derrotados. La gente nos miraba expectante, pero no había ninguna noticia que darles. Caminamos y nos hacíamos los locos.

– A veces lo pienso, para serte honesta.

– ¿Qué cosa?

– Volver.

– Ah.

– Pero me faltan razones de peso, ¿sabes?

– ¿Cómo así?

– Yo aquí no tengo a nadie.

La miré sin decir nada.

– Entiendo.

Volvimos y subimos al carro. Esta vez yo puse la música. La cola empezó a moverse casi una hora después.

4.

Llegamos a Tucacas con el viento fresco del atardecer y nos pareció buena idea ver la puesta de sol a la orilla de la playa. El paisaje falconiano había mejorado nuestros ánimos y se me ocurrió darle a M. un atardecer de recuerdo. No sé cómo serán en España, pero dudo que superen los de Morrocoy; en eso, al menos, les llevamos ventaja. Caminamos descalzos en la arena, entregados totalmente al instante, como lo hace la gente a la que no le da miedo envejecer. Me gustan las personas así, como M., libres de nostalgias, ocupando el primer plano de su película. Yo no, yo soy diferente. Pero aquella tarde me hizo sentir que tal vez la muerte de Mamá me trajera cosas hermosas, en una especie de compensación. Y eso en el fondo me aliviaba, intuir un sentido oculto detrás de todo, como si la vida tuviera un guionista y un director. Será por eso que la gente cree en Dios.

Cuando el sol se ocultó por completo empezamos a buscar una posada. Nos quedamos en una de nombre indígena medio extravagante y alquilamos un cuarto con camas separadas. M. fue a hacer unas llamadas urgentes, mientras yo estacionaba y bajaba las cosas del carro. Dudé unos instantes sobre dónde poner a Mamá, como si pudiera ofenderse. Al final metí las cenizas bajo el asiento y subí con lo demás a la habitación. Cuando salí de la ducha ya M. había vuelto de la calle. Echada en la que sería su cama, escribía en una libreta amarilla sin prestarle atención al televisor encendido y en Mute.

– ¿Qué estás viendo? –pregunté desde el baño.

– Las noticias.

– ¿Y qué dicen?

– Todo igual de jodido que cuando me fui.

– Bueno, hay cosas que no cambian.

Me vestí en el baño, tendí la toalla y volví a la habitación. Había cuatro uniformados en pantalla y un cintillo azul, debajo, anunciaba no sé qué nuevas medidas económicas.

– Es como ver una serie vieja sin conocer los capítulos recientes –dijo sin levantar la mirada del papel–. No entiendo nada de lo que pasa, pero todo sigue igual.

– Yo ya no veo televisión.

– ¿No?

– Ni leo prensa tampoco.

– ¿Y cómo te informas?

– No me informo.

– ¿Por qué?

– No sé, ya no me importa –repliqué echándome en la cama de al lado–. Igual no hay nada que uno pueda hacer.

– ¿Por qué no escribes algo al respecto?

– Dejé también de escribir.

– ¿De verdad?

– Umjú.

– ¿Y la Universidad?

– La dejé.

– Joder, lo dejaste todo. ¿Cuál es el plan?

– No hay plan.

– ¿Ah no? ¿Y de qué vas a vivir?

– Bueno, ya no me sigas interrogando, ¿no?

El lápiz y la libreta volvieron al bolso, y éste a la mesita de noche.

– No te estaba interrogando. Qué odioso eres a veces.

– Eso tampoco ha cambiado.

– Ya veo –dijo. Se puso de pie, entró al baño y cerró de golpe. La escuché revolver cosas adentro y luego abrir la regadera.

No sé qué impulso o curiosidad me hizo estirarme sobre su cama y sacar del bolso la libretita amarilla. Había de todo entre sus páginas: dibujos, citas, números de teléfono, hojas de árboles, direcciones en el extranjero, garabatos y sobre todo espirales, redondas y enormes, que se abrían como ojos negros en las esquinas del papel. Espirales y más espirales, siempre torciéndose sobre sí mismas. Recorrí toda la libreta y no pude entender casi nada: otras referencias, códigos, lenguajes, todo sacado de algún planeta distante. Me dio miedo pensar en lo poco que sobrevivía de la M. que conocí, de la que tuve y dejé marchar al extranjero. Era como si, de algún modo, estando viva también pudiese haber muerto.

No había que pensarlo mucho. Me paré, respiré hondo y me acerqué a la puerta del baño. Traté de abrirla, pero tenía puesto el seguro. Ja, cómo nos conocíamos. Me di lástima en ese momento y procuré convencerme de que así era mejor, de que yo no sabía lo que hacía, lo iba a arruinar todo de nuevo, que no era amor sino envidia o algo peor y no podía actuar de una manera tan egoísta, no con M., no otra vez. Entonces se oyó un chasquido y la puerta se abrió con parsimonia, una rendija de luz apenas que se fue ensanchando hasta dejarlo todo a la vista. Allí estaba M., delante de mí, sosteniendo con una mano la puerta y con la otra una toalla gruesa, blanca y percudida, dejando al descubierto una porción de sus caderas anchas y huesudas.

– ¿Qué estás haciendo?

– Nada –dije dando un primer paso hacia adentro.

– ¿Nada? –insistió, sin moverse ni un centímetro.

– Nada –tomé lentamente la toalla de sus manos. Podía olerle el mar sobre los hombros desnudos, corriendo a lo largo de la insinuación de la clavícula. Quería seguir ese rastro con los dedos, como hacen los niños cuando aprenden a leer, y volver a probar ese cuerpo menudo, arrogante, de acróbata de circo en las alturas.

– Estoy sucia –dijo entonces, apenas un murmullo que me excitó todavía más. Sin dejar de mirarla a los ojos, dejé caer al suelo la toalla y me aferré a su cintura como si el mundo fuera a sacudirse. La ducha estaba abierta y humeante, el espejo comenzaba a empañarse. Sin poder mirar nuestro reflejo, nos besamos.

M. no estuvo en la habitación cuando desperté al día siguiente. Me embargó la idea absurda de haberla soñado, como en esas películas en que el protagonista despierta y todo fue una pesadilla. Me paré, encendí la luz, me pasé revista frente al espejo. No, ahí estaban los dolores del cuerpo, el violento moretón en el cuello, el olor seco de su sexo entre los dedos. Todo tal y como lo recordaba. Siempre me gustaron sus marcas, su negarse a ser olvidada. Rato después entró una M. ojerosa y sonriente a la habitación. Llevaba el bolso en la espalda y un vaso plástico de café en cada mano. Sus lentes redondos colgaban plegados del escote. La saludé con una sonrisa, mientras ella me tendía mi café con un gesto dulce y tristón, a caballo entre la lástima y la picardía. Después se sentó a esperar en mi cama, que no llegamos a destender. Apuré el café en pocos sorbos, arrugué el vasito y lo eché a la papelera del baño. Cuando salí, ella me esperaba en silencio.

– Bueno, ¿qué pasa? –me paré frente a ella.

– Tengo que volver a Caracas –dijo jugando con su vaso entre los dedos–. Ya hay respuesta respecto al financiamiento y no puedo esperar hasta el lunes. Tú sabes cómo son estas cosas.

– Claro –dije sin mirarla–. Yo sé cómo son estas cosas.

– Lamento no acompañarte hasta Coro.

– Mira, yo entiendo. Fue un error.

– No estoy hablando de eso.

– ¿Lo fue o no?

M. guardó un silencio culpable.

– ¿Cómo piensas volver?

– En autobús, claro. ¿Me puedes dejar en el terminal?

– Si eso es lo que quieres.

– Te lo agradezco.

Recogimos todo en minutos y abandonamos la posada. El terminal quedaba en el otro extremo del pueblo, un solar de tierra con dos o tres techos de zinc, en los que un puñado de gente esperaba autobús a distintos lugares. M. bajó con su bolso, hizo las preguntas de rigor y le señalaron un carromato destartalado que esperaba encendido en la esquina. En el vidrio trasero, letras rojas y gruesas: «El extranjero». Junto a un dibujo que no supe interpretar, pero recordaba a la muerte. M. se acercó a mi ventanilla.

– Hay uno que sale en veinte minutos.

– Chévere –asentí, marchito.

– Estoy segura de que te irá muy bien.

– Seguro.

Me dio un besito en la mejilla. Lo sentí rasparse contra mi barba de dos días.

– Estaré en Caracas unos días más.

– Yo sé.

– ¿A lo mejor podríamos tomarnos un café y hablar?

– Claro.

– Bueno. Me gustaría.

– Te va a dejar el autobús.

M. asintió y echó a andar hacia el armatoste. Volteó una vez antes de subir y nos dijimos adiós con un gesto débil, casi avergonzado. Esperé unos instantes con el motor en neutro, creo que dándole chance de arrepentirse y bajar del bus. Costaba creer que estuviéramos de nuevo en esa situación. Tal vez amar sea una forma de memoria, como la calistenia de los trapecistas antes de danzar sobre el vacío: algo que hacemos para repetirnos, para no olvidar cómo se hace, si es que alguna vez supimos hacerlo.

Metí la primera y aceleré de a poco. Rato después estuve de nuevo en la carretera.

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