«Las Ballenas» de Gabriel Payares

Este relato se encuentra publicado en el libro Lo irreparable de editorial Corregidor.

Para E.

Ahora que los mares están llenos de ruidos mecánicos
y de ultrasonidos artificiales, los mensajes entre las
ballenas tienen demasiadas interferencias para que
puedan ser captados y descifrados. Ellas siguen
lanzándose inútilmente señales y llamados que
vagan errantes por los abismos.

Antonio Tabucchi


A mi mujer la perdí una noche de julio, cuando llegué de trotar y la encontré haciendo unos sánduches de atún en la cocina. Lo correcto sería decir que ése fue el día en que empecé realmente a perderla. No tuvo nada que ver con la comida (aquellos sánduches le quedaban muy bien), pero sí con la nevera o, más bien, con lo que encontré pegado a la puerta con un imán: dos pasajes para un crucero por la Patagonia argentina comprados aquella misma tarde, cambiando sin consultar el destino de nuestras primeras vacaciones en más de un año y medio de trabajo. Me los quedé mirando, con la jarra de agua helada goteándome entre las manos y sin saber qué hacer con la rabia. Toda la vida he creído que las decisiones de pareja se toman siempre en pareja, más aún cuando yo tenía rato insistiendo a favor de una semana caliente en Aruba, en uno de esos hoteles de muchas estrellas que lo reciben a uno como a un príncipe, con tragos exóticos, playas privadas, servicio de masajes y todo lo demás. Ella, en cambio, se moría por ir a Europa, a caminar por las calles viejas y empedradas, a visitar los museos, los edificios de época y todas esas cosas en que se fijan los arquitectos cuando viajan. El asunto es que Europa nos salía demasiado cara y mientras yo no estuviera fijo en la empresa, sino contratado por campañas creativas de tres meses, no podíamos arriesgar la poca plata que habíamos ahorrado. El paquete para Aruba, en cambio, era breve, de lo más económico y hasta incluía unos cupones para el Hard Rock Café, y ella sabe que colecciono las franelas (ya tengo tres). Pero los pasajes estaban comprados, así que no había nada que hacer, y a decir verdad ella siempre había querido ir a ver a las ballenas en el Sur. Para no discutir, porque en los últimos tiempos andábamos un poco de a toque, preferí ignorarlo todo y escurrirme de la cocina como quien no quiere la cosa. La mesa llevaba rato puesta. El hielo en los vasos se había derretido.

   Si dije que andábamos de a toque, tampoco es que viviéramos peleando. En verdad discutíamos poco, tal vez porque a ninguno le gustaban las confrontaciones: yo nunca encontraba qué decir, se me enredaban la lengua y el cerebro y me quedaba todo el rato en silencio, mientras que ella se ponía muy rabiosa y para no decir cosas de las que tuviera luego que disculparse, terminaba mordiéndose la lengua y llorando a moco suelto durante más de una hora. Lo peor de aquel desastre es que nunca quedaba nada resuelto, ningún acuerdo, ninguna decisión, solamente una amargura y una tristeza que tardaban varios días en desaparecer. Por eso yo intentaba siempre darle la razón, estar lo más de acuerdo posible con todo lo que ella dijera. No siempre me funcionaba. Era entonces cuando andábamos de a toque.

Esperé a que ella sirviera la comida, el jugo y se sentara del otro lado de la mesa, y mientras le daba un primer mordisco a mi pan, pregunté como si nada cuánto le habían costado los pasajes. “Más o menos lo que el paquete para Aruba” respondió, poniéndose rápido a la defensiva, “Hasta creo que un poco menos”. “Ah, qué bueno”, respondí sacudiéndome las miguitas de pan de la barbilla. “¿Te molesta que yo haya tomado la decisión?”, “No, no, para nada” mentí, tratando rápido de dejar el tema atrás, “¿Crees que veamos algunas ballenas?”. “Ojalá que sí” dijo apretando los labios para aguantar una sonrisa. Hacía ese gesto cuando algo le hacía mucha ilusión, como si le diera vergüenza mostrar lo contenta que se había puesto de pronto. Aprovechando el instante, me llevé una mano a la boca y soplé el aire entre los dedos, imitando ese sonido particular de las ballenas: esa especie de lamento simpático que tantas veces habíamos oído por televisión. Entonces nos miramos y ninguno contuvo la carcajada. Nos gustaba jugar así, como si fuéramos niños todavía.

   En esos días yo trotaba casi todas las tardes, un hábito que retomé cuando por fin conseguí trabajo de diseñador (antes trabajaba en una tienda) y por ende un horario menos esclavizado. La gente piensa que diseñar es un asunto simple, una especie de juego, que cualquiera puede hacerlo bien si se pone. Pero nadie ve el tiempo que se pasa enterrado en la pantalla atendiendo los pedidos más increíbles del mundo: que si ilústranos esto con algo original, que si retócanos esta foto, crea un logotipo, no, haz otro, cambia el marco de colores, cambia el concepto pero deja el entramado, deja el concepto pero cambia el entramado, bájale la resolución que es para el correo electrónico… todo siempre a última hora y de ser posible contrarreloj. A mí me gusta mucho el oficio, pero cuando llega la noche tengo el cuerpo tullido como una berenjena. Lo ideal para eso habría sido ir al gimnasio, pero desde que nos mudamos juntos a un apartamento más grande, acordamos hacer algunos recortes de gastos y la suscripción al gimnasio no era nada barata. Mi mujer también hizo sacrificios importantes, como empezar a trabajar de secretaria en no sé qué bufete de abogados, un trabajo a medio tiempo que nos daba algo de plata y la mantenía ocupada por las tardes, pero en el que no soportó más allá de unas pocas semanas. Una noche, cuando nos íbamos a dormir, me miró de frente como quien siente algo de pronto y me dijo: “Imagínate, tanto joderme estudiando para tener que servirle café en minifalda a un montón de abogados mediocres”. Le encantaba esa palabra, mediocre, y la usaba bastante a menudo. Era su etiqueta para la gente que, según ella, tendría que hacer la limpieza si el mundo fuera un sitio justo e ideal. Yo nunca entendí cuáles eran los criterios para entrar o salir del nefasto club de los mediocres, ni supe qué contestarle en ese momento, porque yo tampoco adoraba mi oficina, ni tenía un trabajo estable y con beneficios, ni sentía que estuviera haciendo algo importante con mi vida, pero igual lo hacía porque no nos quedaba de otra. Así que estuvimos callados un rato, con las luces todavía encendidas, hasta que ella se dio la vuelta y se durmió. A los pocos días entregó su renuncia y empezó a trabajar a destajo, asociada con no sé qué antiguos compañeros de la universidad que querían fundar su propia empresa. “Es cosa de ir haciéndose una clientela”, me explicó entusiasmada cuando ya había aceptado la oferta. “Si sale todo bien, se nos abrirán muchas puertas importantes”. Yo me alegré por ella, de verdad, aunque pensé también en el tiempo que tardaríamos en ver por fin algo de dinero. A partir de entonces se le vio un poco más entusiasmada con todo: conoció gente nueva, empezó un par de cursos por Internet e incluso trató de que viéramos más cine (francés, aburridísimo) o de leer un poco más. Yo seguía trotando todas las tardes. En la oficina estábamos en plena campaña (una marca de toallitas sanitarias) y el tiempo no me daba para mucho, a lo sumo para hacer también unos abdominales, en series de veinte o de treinta. Nada comparado con lo que habría podido hacer en el gimnasio.

Después de unas cuantas semanas, su empresa se enfrentó con éxito a sus primeros clientes. Nada mayor, contratos breves que dejaban poca plata y pocos contactos, pero que ellos interpretaron como una señal positiva. Y fue allí que se nos ocurrió hacer un viaje corto para celebrarlo, pues teníamos rato con el agua al cuello y casi no teníamos tiempo para nosotros. La idea nos entusiasmó tanto que estuvimos semanas enteras debatiendo sobre fechas y destinos, sobre aerolíneas, escalas y equipaje máximo permitido, sin ponernos nunca de acuerdo en qué rincón del mundo ir a visitar. No es tan fácil de decidir como parece. Y así estuvimos, empatados a cero, hasta la noche en que aparecieron en la nevera los dichosos pasajes del crucero.

A la mañana siguiente, sin embargo, me había hecho tanto a la idea de nuestro viaje hacia el Sur, que parecía haber sido mi deseo en todo momento. Quise entonces ir al centro comercial cerca de casa a comprar algo de ropa de invierno, porque viajar, así como casarse, requiere también de sus trajes especiales. Parecía un buen plan, aunque era sábado al mediodía y todo estuvo repleto desde el principio. Los precios eran astronómicos, aunque la gente parecía no darse cuenta, y no hicieron falta muchas vueltas para entender que sería imposible comprar lo que nos gustaba: suéteres de tela polar, elegantes sobretodos, bufandas de alpaca o botas escarpadas, en fin, ropa que le daba a mi mujer un aire a lo Uma Thurman impresionante. Después de estar un rato mirando vidrieras y ya bastante cerca del mal humor, nos decidimos por la opción más económica que encontramos: suéteres chinos de lana y chaquetas rebajadas de precio en una tienda por departamento. Aún no entiendo para qué los compramos. La tela de las chaquetas era áspera, sus colores opacos, ni siquiera era ropa de marca; y un par de minutos después de probarme el suéter tuve un ataque de alergia que me dejó moqueando durante el resto del día. Cuando volvimos a casa ninguno sabía contener la decepción. Ella guardó un silencio tosco y acusador que yo en ningún momento me atreví a interrumpir. Finalmente metimos los suéteres muy al fondo del clóset, antes de olvidarlos por completo y para siempre.

   A partir de ese día un pudor extraño nos impidió volver a tocar el tema del viaje, y así lo dejamos hasta tener las fechas prácticamente encima. Esa misma estrategia la aplicábamos a casi todos nuestros problemas de pareja: ignorarlos por completo hasta el último minuto y después correr para solucionar todo de mala gana y a última hora, comprando maletas más grandes, renovando pasaportes vencidos, poniéndonos vacunas, haciendo reservaciones por teléfono, todo amontonado en una lista interminable de cosas pendientes. Creo que ninguno quería hacerse del todo responsable del viaje, o que ambos esperábamos del otro un compromiso mayor al demostrado. Por suerte jamás hubo enfrentamientos ni discusiones y todo se resolvió tan sigilosamente como había empezado. Así que al final tomamos un vuelo directo, de Caracas a Buenos Aires, con la sensación de estar dejando atrás los pedazos de algo. Dormimos la mayor parte del camino, excepto por las interrupciones en que nos comentábamos cosas o las azafatas nos servían la comida, y que aprovechábamos también para intercambiar algunas sonrisas, recordándonos el uno al otro que lo mejor del viaje estaba aún por venir. A ese vuelo siguió otro más, de Buenos Aires a Puerto Madrin, y a ése un taxi que cobró carísimo pero nos dejó en la puerta del hotel. Era de madrugada y estábamos exhaustos.

   Como yo nunca había estado en el sur, no sabía muy bien qué esperar de las cosas ni de la gente. Lo primero que me sorprendió, cuando por fin salimos del aeropuerto, fue que hubiera tanta humedad en el aire, dándole a la respiración un sabor como a viejo y oxidado. Lo otro fue que todo el mundo fumara, en todas partes, incluso dentro del carro y con los vidrios arriba, como si estuvieran quedándose sin tiempo para acabar el paquete. Todo aquello, en cambio, le pareció a mi mujer perfectamente normal y desde el principio mostró ese aire confiado de quien se lo sabe todo de memoria, enfrentando las situaciones con tanta naturalidad que llegué a preguntarme si no habría venido antes con alguna pareja anterior (el músico drogadicto que a cada rato viajaba de mochilero). El colmo de aquello fue cuando empezó a contagiársele el acento, como si las pocas horas que teníamos en el país fueran suficientes para ir convirtiéndola en otra persona, en una desconocida que sólo volvía en sí cuando se molestaba o cuando nos quedábamos solos por mucho rato. Daba la impresión de estar fundiéndose con el paisaje, como hacen los pulpos y los camaleones cuando se sienten amenazados. Los he visto hacerlo en programas de televisión.

A la mañana siguiente nos pasó buscando el autobús del crucero. Era fácil de reconocer, tenía en un costado el logotipo de los pasajes: la silueta blanca de una ballena sobre un fondo azul, que de pronto se convertía en el mapa de Argentina. Era un buen logotipo, armónico, fresco, con punch. El bus era ancho, con un pasillo largo entre dos filas de asientos de tela, de los que había ya muy pocos desocupados. El aire era tibio y se escuchaba, por encima del murmullo del motor, una mescolanza de idiomas indistinguibles, como en aquella escena de la cantina en La guerra de las galaxias. Nadie nos miró al subir, caminamos hasta lo último y mi mujer escogió la ventana, mientras el chofer chequeaba nuestros nombres en una lista y volvía a poner en marcha el autobús. Entonces ella buscó la cámara en su bolso y tomó un par de fotos a los asientos, o a los otros turistas, no sé bien a qué. Le gustaba llevar registro de todo lo que ocurría en un viaje, y en eso yo casi nunca la podía ayudar: cuando no me sudaban las manos y se me resbalaba la cámara, entonces me temblaba horrores el pulso, tomaba los peores ángulos o me distraía y dejaba pasar algún instante mágico e irrepetible. Incluso solía tomar cuatro o cinco fotografías seguidas por vez, con la esperanza de que alguna quedara más o menos decente; pero al final no tenía más remedio que dejarle a mi mujer el control de la cámara y de los recuerdos, y mirar en silencio cómo buscaba un sitio estable donde ponerla, programar el disparador automático y posar corriendo para su propia fotografía. Incluso así le quedaban casi siempre perfectas.

Al rato estuvimos en Puerto Pirámides, una bahía al pie de unas colinas rocosas, en donde el crucero esperaba a lo lejos, con tanto blanco, azul y gris y ventanitas por todas partes que parecía más bien una torre de oficinas, como si hubieran levantado por error un edificio en medio del agua. Esa idea me hizo gracia, estaba casi seguro de haberla visto en alguna película o en algún sueño que tuve, y cuando quise preguntárselo a mi mujer, que estaba siempre pendiente de esos detalles, la encontré mirando fijamente a la nada, concentrada en el espaldar del asiento de adelante como hacen los niños cuando hay algo afuera que los asusta. Llevaba así varios minutos cuando por fin me atreví a interrumpirla. “¿No vas a tomar más fotos?” le pregunté agarrándole la mano sobre la tela del asiento. La cámara le colgaba del pecho como un animal muerto. Ella volvió en sí de inmediato y sin darme tiempo a reaccionar me apuntó de cerca y apretó el disparador. Yo intenté una sonrisa. “Justo me faltaba una” dijo con picardía antes de darme un beso rápido y voltear hacia la ventana. No tomó más fotos en el camino. Aún me pregunto cómo habrá quedado ese retrato.

Subimos al crucero después de almorzar, arrastrando la maleta entre los dos porque las rueditas dejaron de funcionar cuando bajamos del autobús en el atracadero. La cubierta del barco era impecable, ordenada como el Lobby de un hotel de cinco estrellas, y el personal parecía amable aunque silencioso. En recepción nos cambiaron los pasajes por una tarjetica magnética que no sólo abría la puerta de los ascensores y de nuestro camarote matrimonial, sino que tenía almacenada la información completa del viaje, nuestros números de pasaporte y, más importante aún, el registro detallado de los consumos que hiciéramos abordo. La habitación, cuando por fin entramos en ella, tampoco estaba para nada mal: tenía un futón doble que parecía de lo más cómodo, aire acondicionado y calefacción graduable a control remoto, un televisor pequeño con servicio de cable (canales de adultos incluidos) y un mini bar repleto de vino y chocolaticos. Todo con un buen gusto que nos hizo sentir bienvenidos de inmediato. Nos instalamos, deshicimos la maleta y yo propuse que tomáramos una siesta. Por fin el viaje empezaba a pintar mucho mejor.

Pero fue al despertar que comenzaron los problemas. El barco ya estaba en marcha, inclinándose aquí y levantándose allá, tan lentamente que uno casi ni podía notarlo. Era una sensación extraña. Cuando me puse de pie tuve un pequeñísimo mareo, parecido al que da acostarse con unas cuantas cervezas de más, y que empeoró poco a poco a medida que avanzaba hasta la puerta del baño. Las cosas estaban allí durante un instante y al siguiente se habían movido un poco más abajo, más a la izquierda o más hacia el fondo, y la mano llegaba a ellas una fracción de segundo después de lo debido, como si el mundo se hubiera propuesto esquivarme. Apenas logré cepillarme los dientes, agarrándome fuerte al lavamanos, antes de que un dolorcito de cabeza me empezara en el espacio entre las cejas. Tan mal me debo haber visto, cuando por fin volví a la habitación, que mi mujer se incorporó de un salto y me preguntó que qué me pasaba. Hice lo posible por mantenerme firme y responder de alguna manera, pero en eso la barriga me dio un vuelco y un chorro espeso y amargo me hirvió por la garganta, saliendo a borbotones por la boca y por la nariz, hasta aterrizar a mis pies y salpicar todo el piso del camarote. Luego vino otro, seguido, dos chorros potentes y apestosos que me dejaron con un ardor horrible en la nariz, con las piernas flaqueando y todas las intenciones de desmayarme.

Lo peor es que odio vomitar. Casi nunca lo hago. Creo que es de las cosas más desagradables que le pueden pasar a uno en la vida, sobre todo en público o delante de la pareja, superado solamente por hacer burbujas de moco, sufrir una diarrea repentina o algún otro accidente más horrible todavía. Claro que uno está consciente de que el cuerpo tiene adentro todas esas sustancias horrendas, sí, pero eso de volver a ver la milanesa con papas fritas y coca-cola que con tanto gusto uno se comió en el almuerzo, convertida ahora en un barro ácido y amarillo, me parece de verdad una experiencia muy miserable. Mi mujer me ayudó a tenderme en la cama, mirándome todo el tiempo como si fuera un extraterrestre, y es que no suelo enfermarme casi, ni sufrir de complicaciones, como no sea una gripe o dos al año, más o menos fuertes, hacia finales de las campañas creativas, que me curo rápido con té de limón y jengibre, a veces también con antigripales. Cosas del estrés. “¿Te caería mal la comida?” me preguntó poniéndome la palma de la mano en la frente helada y bañada en sudor. “No creo” respondí por lo bajito, mientras un zumbido agudísimo me cruzaba los oídos y casi no me dejaba escuchar a mi alrededor. “¿Seguro? ¿No tendrás una indigestión?” insistió ella, echándole una mirada de desconfianza a lo que quedaba de la milanesa en el suelo. “Creo que estoy mareado” le dije, aunque parecía tan obvio que casi me daba rabia tener que explicarlo. “¿Y tú mareas?”, “Por lo visto, sí”. El vómito me había dejado un aliento horroroso y me daba vergüenza hablar. “Pues yo eso no lo sabía”, “Ni yo tampoco”, dije cerrando fuerte los ojos a ver si el malestar se me calmaba. Lo último que escuché, antes de quedarme dormido de nuevo, fue que iba a buscar quien limpiara el piso porque aquello empezaba ya a oler “re mal”.

El resto de la tarde lo pasé en una duermevela incómoda, sin poder dormir profundo ni tampoco mantenerme despierto. En algún momento vino una mucama a limpiar y nos aseguró que yo mañana estaría repuesto, una vez que mi estómago “aprendiera a bancarse el bamboleo”. También nos dejó un folletito con la programación del crucero que, encerrados en el camarote, ya nos estábamos perdiendo. Había algo pautado para casi todas las tardes y noches, desde un auténtico tango-show, una muestra del típico asado argentino y un bingo de salón, hasta clases de aeróbics, cata de vinos y el tan esperado avistamiento de ballenas. Todo detallado de acuerdo al tiempo de estadía de los pasajeros y a los paquetes VIP que, como es obvio, nosotros no habíamos comprado. Más abajo aparecía la hora de cada comida junto al menú que iban a servir (tipo buffet, con varias opciones para escoger en cada ocasión), así como los eventos masivos de bienvenida y de despedida del crucero. Del primero ya nos habíamos perdido. “Lo importante es no perdernos las ballenas”, me consoló mi mujer, “Y también que te recuperes, claro”.

Cayó la noche y mi mujer salió a comer algo y a echar un ojo rápido por ahí. A mí me pareció bien, incluso le pedí que me trajera un gatorade o una coca-cola light para hidratarme (sabe Dios cuántos electrolitos había perdido ya) y porque dicen que le hace bien al estómago revuelto. Mientras tanto, yo hacía lo posible por descansar, porque no es fácil lidiar con el malestar, la soledad y el aburrimiento. Mucho menos con todos juntos. Al principio traté de hacerme compañía con la televisión, pero había demasiadas películas de guerra que me hacían doler aún más la cabeza; entonces traté poniendo un canal de noticias y bajándole el volumen al mínimo, hasta que la voz del narrador fuera apenas un murmullo de lluvia, y después tapándome con la almohada la cabeza. Todo lo de afuera me dolía. Estando así logré dormir de a pellizcos, despertándome solo en la habitación cada media hora o cuarenta y cinco minutos. Finalmente, pasada la medianoche, sentí la puerta del cuarto abrirse y cerrarse como conteniendo el aliento, y a mi mujer entrando de puntillas en la habitación. Volvió en silencio, sin coca-cola, sin prender la luz del cuarto, ni la del baño, ni bajar la poceta después de orinar. Yo preferí hacerme el dormido, incluso cuando apagó el televisor y se tendió a mi lado dándome la espalda. Creo que era mejor así, sin tener que hacer preguntas incómodas. Minutos después escuché el primero de sus ronquidos. Solía hacer eso cuando había bebido de más.

Dormimos hasta tarde y amanecimos cada uno con una resaca distinta. Ninguno mencionó nada de la noche anterior. Nos duchamos por separado y llegamos tarde al comedor, pero logramos desayunar mientras recogían el resto de las mesas y preparaban todo para el almuerzo de la tripulación. Los mesoneros hacían muy poco por disimular su impaciencia, mientras nos servíamos el café con leche (malísimo) y las empanaditas (frías) que habían quedado. Al menos ya me sentía mejor. Mi mujer, mientras tanto, hojeaba el folletín del crucero, en el que nos invitaban al salón de juegos del barco, en donde tendría lugar un acostumbrado torneo de pool. No entendí muy bien cuáles eran los premios. “Ah, mira” le dije obligándome a sonar entusiasmado, “¿Quieres ir a ver ese torneo?”. La verdad es que a mí jamás me han interesado esos deportes de mentira, como el ajedrez o el dominó, en los que ni se suda, ni se corre, ni se queman calorías. Prefiero mil veces el fútbol o el básquet. “¿Tú quieres?” respondió, como leyéndome las intenciones. “Si tú quieres…” intenté devolver la pelota. “Ay, yo prefiero pasear un rato” sentenció al fin. Yo estuve de acuerdo y volvimos a centrarnos en la comida. “¿Y… cómo la estás pasando?” me animé a preguntar, sacando no sé de dónde la valentía. “Bien, bien” dijo y se me quedó mirando a los ojos. “¿Qué pasa, estás molesta conmigo?”, “¿No, por qué lo preguntas?”, “No, no sé” mi respuesta favorita. Entonces, simulando un acceso de vómito con los ojos cerrados, saqué la lengua como las ranas y arrugué la cara como si me oliera mal. Sé que en otro momento aquello la hubiese hecho reír a carcajadas, pero en vez de eso le saqué una sonrisita modesta, de ésas que se dan por complacer, por cortesía o a veces por lástima. Yo la sentí como un cuchillo en la barriga. Terminamos de comer y repetimos café varias veces, no sé si para combatir mejor la resaca o si buscando una excusa para no ponernos en marcha. Ella tenía mala cara y a mí no se me ocurrió ningún otro chiste que hacerle. “¿Seguro te sientes bien?” preguntó cuando por fin dejamos el comedor, rumbo a la cubierta. Según el folleto, allí se podía en cierta época del año “disfrutar de espléndidas auroras boreales” (ni idea de qué es eso). “Creo que sí” le contesté mientras abría la puerta al exterior, “Aunque habrá que ver cómo me caen las empanadas”. El viento entró entonces de golpe, llevándose la conversación y haciéndonos bajar la mirada. Salimos, nos apoyamos en la baranda y miramos alrededor: abajo, el mar era una mancha oscura interminable, que se lo tragaba todo hasta donde llegaba; arriba, el cielo era una cortina color ceniza de cigarrillo. Aquello era el paisaje más aburrido del mundo.

Mientras el viento le desordenaba el cabello, mi mujer se agarró de la baranda y estuvo un rato mirando a lo lejos, como esperando a que algo apareciera. Yo también esperé, apoyándome a su lado mientras los minutos pasaban. “¿Y se ve algo?” pregunté al final, pensando tal vez en las ballenas. Ella hizo un gesto raro y dudó unos instantes, antes de preguntarme si no prefería entrar y hacer otra cosa. “Yo voy a estar un ratico aquí afuera con el viento”. “No sé”, fue la idiotez que respondí. Aquello no era realmente una pregunta, así que ya me levantaba de la baranda y daba un primer paso hacia la puerta. Ella no hizo nada por impedirlo, más bien parecía distraída, como si no se diera cuenta de lo que ocurría a su alrededor. El metal chilló cuando abrí la puerta en contra del viento. “¿Pasa algo?” preguntó en un momento, sin apartar la mirada del agua; “No sé” volví a decir yo, con rabia, pero ya estaba del lado de adentro del barco. Daba igual, el viento no nos habría permitido escucharnos.

   Entonces me percaté de que no tenía prácticamente nada que hacer, y me pregunté qué hacía yo allí atrapado en un viaje que ni era mío ni le sentaba bien a mi estómago, pudiendo estar en Aruba o en Punta Cana. Caminé entonces hasta la sala de juegos, a donde parecían conducir todos los pasillos del barco. Era un espacio enorme, decorado en el mismo estilo de los camarotes, en el que había varias salitas alrededor de un bar en forma de herradura. No había tanta gente como hubiera esperado, pero casi todos jugaban al pool o miraban a los otros jugar, sin hacer demasiado ruido pero aplaudiendo de vez en cuando los mejores movimientos. Alrededor había gente navegando en internet, leyendo el periódico, jugando ping-pong o sólo conversando. No había nadie sentado a la barra. La mayoría de los jugadores eran europeos altos y blancos, quién sabe si holandeses o alemanes o qué, pero nadie allí parecía hablar español. Será por eso que terminé yendo a la barra y pidiendo una cerveza de sifón, pues al menos el barman parecía ser argentino. Me ubiqué en el último de los banquitos y, como no tenían ninguna marca conocida, le dije que me sirviera una cerveza cualquiera. Resultó ser una bebida oscura, marrón y espumosa, parecida al Nestea (creo que era una marca inglesa). “¿Sos colombiano, vos?” me preguntó el argentino mientras abría una cuenta con mi número de habitación. Yo negué con la cabeza antes de echarme el primer trago, “Venezolano”. “Ah, sí. Se parece, el acento”. No quise llevarle la contraria. “No vienen mucho por acá, los venezolanos” continuó inclinándose más hacia mí, “¿Andás de levante, vos? ¿Cómo dicen allá? ¿Coger? ¿Follar?”. Estaba tan cerca que le olía el aliento a Listerine. “No, no” contesté esquivando la segunda pregunta, “Estamos de vacaciones”. “¿Ah, con la señora, los pibes?” dijo cambiando de inmediato el tono, como si hubiese aparecido de pronto un policía. Yo asentí, “Vinimos a ver las ballenas”. “Ah sí, sí, lindas, re copadas” dijo, “Viste que acá viene gente de todo el mundo a mirarlas, a tomarles fotos, todo eso. Y los chicos ni se diga, las aman, ni en Disney tienen lo que tenemos acá”. “Qué bueno” dije y pedí con un gesto una segunda cerveza, que trajo rápido y en el mismo vaso usado. “¿Tenés chicos?” continuó. “No, todavía no queremos”. “Ah, viaje romántico, entonces”, hizo un guiño con el ojo derecho, “Viste que no hay nada más romántico que el tango”. Y mientras cogía aire para tararear una melodía que a mí no me dijo nada, se acercó un pelirrojo blanquísimo al otro lado de la barra y le hizo una seña que yo no supe interpretar. “Disculpáme un segundo”, se interrumpió el barman, “Pero ya sabés, si se te antoja una cosita, me decís y se te consigue, ¿bueno?”, dijo dándome una palmadita en el brazo y rematando con un gesto del índice en la nariz, “Acá se la pasa re bien, hay de todo. Yo que te lo digo”. Como no supe qué responderle, sonreí y alcé la cerveza a modo de brindis, mientras él se alejaba al otro extremo y entablaba con el pelirrojo una conversación en inglés (o en algo que se le parecía). Al poco rato hubo risas cómplices entre los dos.

Me terminé aquella segunda cerveza sintiéndome prácticamente un extraterrestre, como si todos supieran algo que yo, en cambio, me había perdido. Debe ser eso lo que se siente ser extranjero. Aunque lo mismo me sucedía a veces con mi mujer. Y no era difícil imaginársela a ella también, carcajeando entre aquellos dos y no encogiendo su sonrisa como hacía cuando yo la obligaba a reírse. Era todo muy fácil de imaginar: una joven exótica se sienta a la barra mientras su marido duerme en la habitación y el barman de inmediato se le insinúa. Total, no hay anillo en su dedo, ni ganas de dar muchas explicaciones, se toma unas cuantas cervezas, sonríe mucho, habla con acento. De inmediato está rodeada de extranjeros con los que poner en práctica su inglés, con los que hablar de sus pintores favoritos o de todas esas cosas de las que hablan los arquitectos cuando están medio borrachos y flirtean. Y mientras mi vaso se llenaba de nuevo en el sifón, decidí comprobar si tendría razón en mis sospechas, si acaso aquel barman se burlaba de mí con su amabilidad o si más bien me compadecía en secreto, porque él sí hablaba el mismo idioma que mi mujer. Pero no encontré nada en la mirada inquieta del barman, así que salté de los suyos a los del pelirrojo y a los de sus compañeros, como queriendo saber con cuál y con cuántos de ellos habría sucedido aquella aventura imaginaria, cuál le habría invitado a un trago más, cuál a bailar un rato antes de que cerraran y cuál a “pasarla re bien” en su camarote. Y sin proponérmelo empecé a clasificarlos, a descartar a algunos y a odiar a los demás. No es que realmente creyera que mi mujer me había puesto los cuernos la noche anterior, para nada. Pero sabía muy bien que poco o nada tenían que ver conmigo sus razones para no haberlo hecho. Creo que en ese momento, sin haberlo entendido del todo, empecé a saber lo lejos que me encontraba de ella. Traté entonces de pedir otra cerveza (no tengo idea de cuántas me había tomado) cuando empezó de nuevo, como un alfiler entre las cejas, un fastidioso dolor de cabeza: la primera señal de lo que venía. No hizo falta sino pararme para comprobar lo demás. Estaba totalmente borracho.

No estoy seguro de cómo logré salir de allí y caminar hasta la habitación, pero entonces recordé que la tarjetica magnética se la había quedado mi mujer. Era imposible entrar al camarote y volver a salir a cubierta en aquel estado de confusión no me hacía mucha gracia, podía tropezar y lanzarme de cabeza al agua. Pero tampoco me podía quedar deambulando por ahí como un zombi, tropezando con todo hasta encontrar un rincón en donde echarme a pasar la borrachera. Así que no había demasiadas opciones. Intenté dar con la misma puerta por la que salimos después del desayuno, pero ni fui capaz de orientarme en los pasillos, ni estaba en condiciones de preguntarle nada a nadie. Me daba pánico que no lograran entenderme. Por eso tardé un buen rato en conseguir un camino hacia afuera, girar el cerrojo y empujar el metal con el cuerpo, para después irme a tropezar con una baranda blanca en un camino estrechísimo: el final de la cubierta (o la “popa”, como decían los letreros). Para colmo de males, el subibaja del barco se sentía allí muchísimo peor, así que tuve que agarrarme fuerte al metal, sabiendo que volvería a vomitar en cualquier momento. Era inevitable, ya estaba resignado a la idea. Por lo menos lo haría en la absoluta soledad de la popa.

Igual nada se escuchó demasiado, entre el barullo del mar y el soplido del viento, que sacudía una bandera argentina enorme allá arriba de mi cabeza. Me incliné sobre la baranda como los suicidas y dejé que todo saliera desde mi estómago hasta la espuma blanca que el barco dejaba a su paso. Esta vez no opuse ninguna resistencia, y después de dos o tres chorros furiosos se me alivió la presión en el estómago y la jaqueca bajó un poco de intensidad. Entonces me sujeté a la baranda y respiré hondo, lo más hondo que pude el viento frío de la Pampa. Así estuve un buen rato, esperando. Me sentía helado como un pingüino, pero me alivió sentir que el cuerpo poco a poco volvía a obedecerme.

   Encontré a mi mujer bastante rato después, cuando volví a tener calor y color en la cara y pude caminar sin demasiados esfuerzos. La vi de lejos, del otro lado del barco, posando para una foto tomada por una persona cualquiera: un hombre gordo de bigotes largos, una mujer alta con pinta de alemana, un jovencito adolescente que no dejó nunca de sonreírle, no logro siquiera recordarlo. A lo mejor la borrachera me impidió fijarme en esos detalles. A lo mejor ya no me importaban tanto. Lo que sí recuerdo fue no haberla reconocido al primer instante, de lo contenta que se veía, con el cabello suelto al viento y una sonrisa radiante que nunca le había conocido. Nada la incomodaba, nada la distraía, nada saboteaba su sintonía con el mundo, total y felizmente presente, y al mismo tiempo cambiada, un poco ajena, como si otro espíritu habitara de pronto su cuerpo. Fue tanta mi impresión que duré unos instantes mirándola, sin saber realmente qué hacer, temeroso de que al acercarme pudiera hablar en un idioma extraño, o peor aún, que ni siquiera llegara a reconocerme. Por un instante creí que de no haber llegado con ella en el avión, la habría tomado por alguien completamente distinto, parecido y diferente a la vez, como en esas películas de hermanas gemelas.

No sabría decir si en verdad noté algo extraño, tanto en su voz como en su mirada, cuando por fin me decidí a acercarme. Quizás mi mal semblante la sorprendiera, porque al acercarse lo primero que hizo fue tocarme la frente de nuevo y preguntarme “si estaba mal otra vez”. No sé por qué tenía que decirlo de esa manera. Respondí que “no demasiado” y traté de cambiar el tema hacia las ballenas. “Qué va, me dijeron que para hoy no era seguro verlas”, “¿Ah, y por qué?”, “Algo que ver con el clima, no lo entendí bien” dijo encogiéndose de hombros, “¿Y tú, qué hiciste todo este rato?”. Dudé entre contar la verdad, haciendo un chiste a partir del malestar, o más bien narrar una versión aburrida y censurada de lo ocurrido. Ninguna parecía una buena idea. Claro que eso tampoco era de lo que yo hubiese querido que habláramos. Había otras preguntas mucho más importantes, preguntas que podían decidir nuestro destino al volver del viaje, que podían salvar o enterrar a un amor mediocre como el nuestro, incapaz de hacernos mirar durante un rato en la misma exacta dirección. Preguntas que no me atreví a formularle. Al final opté por un “Nada” cobarde, que se arrastró como un gusano a través de una sonrisa forzada. En vez de insistir, ella simplemente dijo que “me veía fatal” y que mejor volviéramos adentro. Hubo un instante de duda, en el que cruzamos miradas y el viento sopló un poco más fuerte entre nosotros. Murmuré alguna excusa que ella ni terminó de escuchar, abriendo de par en par la puerta de cubierta y sujetándola un segundo con su cuerpo. “Bueno, te espero adentro” dijo entonces, “No te tardes ahí como un tonto”. Yo no dije nada. En vez de eso seguí mirando hacia el horizonte gris y aburrido, en donde un par de islas diminutas parecían flotar y sumergirse, como resistiendo de mala gana a la corriente. “Ya voy” respondí al fin, sin hacer ningún movimiento. Creo que ella ya ni siquiera estaba escuchando. Yo sólo quería esconderme en aquellas siluetas extrañas, que de pronto no eran ya dos sino tres y no se quedaban atrás en el camino, como si pudiera volar hasta ellas y quedarme, dejando que el barco se fuera, como esos náufragos que se salvan de milagro y aparecen después en el periódico. Justo entonces una aleta enorme y gris se asomó por un costado de las islas, que resultaron ser morros gigantescos saliendo a la superficie y lanzando al aire un chorro delgado de agua, justo como uno sueña de niño que lo hacen las ballenas. Porque eso eran, dos o tres, o quizás más, imposible saberlo. No eran demasiado grandes, ni se asomaban demasiado a la superficie, pero eran ballenas y yo las estaba mirando. Mi primera reacción fue buscar con la mirada a mi mujer, pero sólo encontré en su lugar la puerta cerrada de cubierta. Pensé en echar a toda prisa a correr, llamarla a gritos, arrastrarla a cubierta para regalarle el instante que era, a fin de cuentas, lo que habíamos venido a buscar desde tan lejos; creo que incluso di un primer paso hacia adentro, antes de parar y devolver la mirada al océano, en donde aquellos animales mostraban sus cuerpos fantásticos, asomándose por turnos como en un carrusel invisible, sacando y volviendo a sumergir sus aletas en un lentísimo baile de despedida. Parecían contentos de estar allí, nadando junto al barco en la distancia, jugando al escondite con la mirada. No podía creer que no hubiera nadie alrededor con quien compartir aquellas ballenas. Entonces, amparado en la soledad, me llevé las manos juntas a la boca y soplé el aire con todas mis fuerzas, imitando esa especie de lamento simpático que tantas veces había oído en televisión, como pidiendo permiso para unirme a su juego. Lo hice una, dos y tres veces, hasta que, sin aliento, las vi cambiar de rumbo y quedarse un poco atrás. Entonces lo oí, un murmullo apenas, parecido al eco de un mugido de vaca, que me llegó como respuesta en medio de la ventolera. Solté entonces una carcajada y les dije adiós, como los niños cuando se quedan en el colegio, con el gesto en alto de una mano. Segundos después el mar volvía a estar muerto, en calma, como si aquello jamás hubiese ocurrido. Sonriendo todavía, esperé un poco más y luego me di vuelta hacia adentro.

No le conté nada a mi mujer. Tampoco hubo más ballenas en lo que quedó del crucero. Quince días después, de regreso en Caracas, me dijo que lo había pensado bien y creía oportuno que nos diésemos un tiempo. Yo, como siempre, me mostré lo más de acuerdo con ella que pude.

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